Debate a partir de la censura a «Los rebeldes del sur»
2007
Imagen del suplemento
La Imagen del Suplemento

Se me ocurre una definición para el arte: Arte es la imagen del suplemento. Es lo que no pretende ser uno a uno con el mundo, lo que postula la impotencia misma de la imagen, lo que sugiere que hay algo que falta y hay algo que sobra, lo que batalla contra esa mala palabra que despide la imagen de todas sus consecuencias éticas y estéticas: la palabra “información”.

La obra de Wilson simplemente es arte por eso. Es una obra intrincada. Para mí la obra prácticamente no existía hasta que no la terminó Medellín. Medellín fue el marquetero. La obra necesitaba un acto craso de soberanía que resumiera de un tajazo el hecho que la guerra no es entre la derecha y la izquierda tanto como entre un discurso de absolutos (estética Bush: “with us or against us”) que es precisamente el que abre de par en par la posibilidad misma de la guerra total, y otro que abre matices, que no es precisamente “operativo” en el sentido de “operativo militar”. Para dar bala hay que alucinar un mundo de luz y oscuridad, el militar es un alucinador y esa alucinación es delicada y tenue. Cuando le preguntaron en Nuremberg a un oficial de la SS porqué había que desbaratar el cuerpo del judío si de todas formas lo iban a matar él respondió con toda honestidad: lo teníamos que desbaratar para poderlo matar. Volver al otro otra cosa que humano (que cantante de Vallenatos) es precisamente el quid del asunto, es el punto neurálgico de la guerra, mucho más que las mismas balas. Nixon logró hacer esto mismo con la comunidad de enfermos que son los drogadictos: cambiar el discurso sobre consumo de uno clínico a uno criminal.

Hace un par de años logré una transmisión en vivo desde Colombia con Ernesto Samper viendo televisión desde Bogotá durante la segunda posesión de George W. Bush. Samper, el presidente malhechor, sin visa, era el voiceover para la caravana de Bush en Pennsylvania Avenue y la retransmisión en vivo era presentada en una galería en Dupont Circle llamada Fusebox. La pieza no está en lo que dice Samper, esta en el gesto, un cuestionamiento ético de la dinámicas geopolíticas, de “quién tiene el poder de narrar/juzgar a quién”. La obra sólo era posible con Samper, porque él es un ícono que esta presente en la conciencia del Washingtoniano. Y a todas luces sin la nota del Washington Post que resumió el gesto, no había obra. Pasado el tiempo, esa nota en la prensa es el sitio donde se dio la obra.

Hay un caso que conozco muy de cerca desde que empezó que es bien interesante con respecto a lo de Wilson, probablemente muchos saben de él, ahora hay hasta una película sobre el caso. La casa de Steve Kurz fue allanada la noche en que murió su esposa porque los paramédicos que atendieron el caso vieron elementos sospechosos en el apartamento que le daban rienda suelta a la fantasía del bio-terrorismo. Y llamaron al FBI. Kurz y el Critical Art Ensemble se dedicaban a hacer visibles pedagógicamente, los mecanismos mediante los cuales se orquesta toda la producción de la manipulación genética y su posterior uso comercial mediante el nudo ciego de la “propiedad intelectual”, copyright. El FBI alucinó: se hicieron declaraciones exageradas sobre lo encontrado, el cuerpo mismo de la esposa de Kurz fue tomado como evidencia. En pocas horas el FBI se dio cuenta del error, del hecho de que Kurz era un respetable miembro de la comunidad académica y artística. Pero aquí viene lo interesante, el FBI entendió más de lo que sus detractores creyeron que había entendido, mucho más. Mientras la izquierda americana en toda su ingenuidad se dedicaba a tratar de demostrar lo obvio, que Kurtz no tenía nada de terrorista, los del FBI saltaron al terreno del discurso. Le buscaron otra salida al caso, encontraron el crimen en otra parte. Las bacterias que Kurtz tenía en su apartamento son comunes en cualquier clase de ciencia de highschool americano, son inocuas, pero hay reglas generales de cómo circulan esas bacterias, por canales exclusivamente institucionales. Y Kurtz las obtuvo por fuera de esos canales, porque de otro modo no las habría podido obtener. La figura de “Mail Fraud” es amplia como ella sola, tan amplia como “National Security”, que le permite al gobierno operar en un afuera y adentro de la ley en un terreno tenuemente legalizado por virtuales tecnicismos que conllevan verdaderos años de cárcel. Son los ejes de un discurso que enfatiza que el control de ciertos elementos (las imágenes de ciertos edificios, las imágenes desde el cielo, las imágenes de la guerra) son para el uso exclusivo del gobierno. Este es el nudo del control. Kurtz, después de los años, completamente agotado y en bancarrota sigue defendiéndose por haber violado una regla tenue pero esencial, la que dice que toda imagen, bacteria, territorio o documento que tiene alguna relevancia real en cuanto a la operación global del gobierno americano, de su discurso integral, no puede ser usada por un particular. La operación global de los Estados Unidos, desde Hollywood hasta Monsanto hasta las armas, es una operación de propiedad intelectual, y por ese canal todo es susceptible de ser censurado o criminalizado. Ese es el eje del monopolio. El FBI sabe qué está diciéndole a la comunidad artística americana: no se metan con los problemas reales. “Arte político” sí, como me decía alguien que conocía los parámetros con los que se escogían los proyectos a ser fundados por el Sundance Institute pero nada que se pase de peligroso, nada que de veras toque los puntos neurálgicos de la política real. “Un ciudadano indignado pero impotente”, como decía Agamben de lo que producen los medios.

La foto que manda Wilson es la más diciente, la del estudio de Inravisión en el Caguán. Todo esto se trata del monopolio de la imagen. La creación de la estética Bush, a la que Uribe se suscribió sin chistar en el 2001, como si los dos hubieran crecido en el mismo rancho, es la del discurso de una alucinación militar en la que el guerrillero no es un actor político, como no lo es el Islam radical, ni semi radical, sino que son el otro de un juego de consola: terroristas. Medellín, dentro de una mentalidad de fanático, tecnócrata que no juega billar, no tenía de otra que cancelar la muestra de esa grieta en la imagen. Lo de marco legal o no, zona de distensión de Pastrana, o no, no importa, eso está sabido y no vale de nada explicarlo. Pero mientras el FBI juega a tres bandas en el caso Kurtz, aquí el que “queda gringo” es Medellín.

Ganó Wilson y ganó la obra, siempre y cuando no haya un calvario de recovecos insólitos a la mano para Wilson (prefiero para él el destino de la venta a Daros). Esto termina con un cierto optimismo, desde mi perspectiva: triunfa de todos modos la imagen del suplemento, el festival de cámaras sin destino, el set de inravisión con el “no pase” del monopolio de la imagen, los niños guerrilleros que se bañan y los que cantan vallenatos.

Me sumo a la última pregunta localizada de Lucas Ospina. Ahí es donde está el debate, ahí es donde se actúa con la misma fuerza con la que actúa el FBI contra la comunidad artística americana, en el terreno del discurso. Exigir una explicación en este caso, es articular una comunidad académica, artística, intelectual, una sociedad civil, que se merece su nombre

“¿La Universidad de los Andes exigirá una explicación a la Embajada de Colombia en el Reino Unido por censurar una investigación y exposición que fue producto de una reflexión académica?”
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