Historia de la sexualidad. Cali es mi Criptonita
2012

Cali ha cambiado, en el Bar Faraones donde se desvirgaron todos los del American Community School ahora parquea mi tía su mercho. Casi que en el sitio mismo donde estaba el colchón de Dora; donde esa mujer incansable, alias pringaDora, le quitó la capucha a todos los hijos de la clase alta caleña, ahí mismo queda superpuesta la cojinería de cuero bronceado del carro. Como dos diapositivas proyectadas en una misma pared. Ese es el tiempo del que hablo. El tiempo de Cali es una amalgama de tardes de viento fresco apurándose a las 5 desde el Pacífico, gritos de vocal laaaarga del operático reparador ambulante de la olla pitadora, tapeteo en código morse de los albañiles a lo lejos, textura estriada de un taladro vecino y ronroneo gutural de las kawasakis fluyendo con el río, como un eructo largo de adolecente. El tiempo de Cali se parece a nada, se cuela por los poros de cada imagen, distorsiona los sonidos como una línea chuzada.

Pablo me dijo en el bus del colegio que me esperara a que tuviera 12 años, que después ya no me podría aguantar las ganas y terminaría en Faraones como todos. Yo dije Nunca! Pero terminaría peor que los demás, comiéndome a una puta del Club Discoteque Rio, una estriptisera parecida a Nelly Moreno, después de estrellar mi deseo irrefrenable durante 4 años de fricción acalorada y enloquecedora contra los jeans infranqueables del catolicismo dañado de las caleñas del Club Campestre. Lo hice con esa puta por perder la marca, por ansiedad. Aunque ya era tarde -largos siglos de vergüenza y señalamiento para mí - ya tenía 16 años, edad en la que un escandinavo está por ahí jugando al escondite, bucles rubios al viento y termina, sin haberlo pensado antes jamás, tirando divino con su prima Mariel, con una inocencia lisa, plena, y abrigada de todos los trinchos y ardores que adobaron nuestra carne trémula en el trópico.

Había que romper el hechizo, como fuera. Destruir una ética familiar que me había caído como una peste encima, me había hecho interrumpir un ciclo lógico, una micro ecología calibrada a la perfección, como la de los manglares que sólo se desarrollan en la mezcla perfecta de agua dulce y salada. Esa es la educación sexual de los hombres de bota puntuda y caballo brioso, como la de los primogénitos de la aristocracia que crecen bajo el signo de una superioridad prefabricada, de tal modo que esa narrativa triunfa sobre su cuerpo, por frágil que sea y los hace flanqueadores invulnerables, líderes naturales de los ejércitos del reino. Con el sexo es lo mismo: para que la joven psiquis masculina se mantenga equilibrada en medio del deseo sexual hidrocefálico que produce la cultura católica, con sus quiebres de cadera que descabellan al más cuerdo, para eso esta lista esa válvula que se debe aplicar de inmediato, antes de que se infecte la herida: Dora y su gonorrea homeopática, para salvarse de la demencia del sexo enlatado al vacío en la mente del impúber. Un joven que factura, sin mentir, 12 masturbaciones durante el tiempo que toma terminar una tarea de matemáticas y que a veces casi no se alcanza ni a bajar del bus del colegio.

Cali era una ciudad rural, plenamente rural enmascarada como ciudad grande, no se qué sea ahora, pero en la mitad de los ochenta estaba en un estado liminal. Yo creo que es síntoma de eso, o al menos de un tropicalismo a ultranza, que todos los niños de 10, 11 o 12 años ya estuviéramos envenenados de una lujuria torrencial, enteramente abrigada por la sociedad, con canales de drenaje legalizados... como lo era Faraones.

Claro, yo era de un Cali que ya había cambiado, yo era el hijo de una de las primeras mujeres con Doctorado en medicina, yo era el hijo de un profesor visitante holandés becado por la Ford Foundation. Un Cali que por áreas se desenganchaba de su condición rural, de ser la imagen de una plantación estilo siglo 19 del sur de los estachos, un valle de caña, ganado, capataces inmisericordes, e ingenios de familias multimillonarias con sus apartamentos en Nueva York para ir a ver el US Open.

Lo hice después de que la palabra "virgen" se me volviera una especie de condena... porque de los 6 amigos inseparables del American todos menos Carlos y yo nos habíamos negado a comulgar con la erótica de colchón sudado en la pieza miserable de luces ocres y rojizas, en la penumbra del barrio El Peñón. Peor que todos, digo, porque fueron 4 años en los que la virginidad se me volvió un monstruo descomunal, una concavidad metafórica sin asidero, me sentía apocado frente a cualquiera que conociera ese misterio insondable del sexo cuya profundidad crecía día a día en mi mente. Qué digo, no era el sexo, era el último estadio del sexo, se trataba del punto final, de la física de la penetración y sus parábolas y paradojas insondables para el que no ha llegado.

Es tan diáfana la sociedad católica, todo un aparataje para producir al final una formación extraña, remendada mil veces, siempre a punto de deshilacharse por completo: esa entidad que se llama familia. La empresa es lógica: crear un puente levadizo de caimanes y sanguijuelas que lleva a lo que Godard llamó en "Pasión" la "herida universal". Porque cualquier trivialización de ese ultimátum del deseo masculino terminaría por hacer que el "cáliz de tu sangre" quedara vacío, y no sólo eso, se necesita al troglodita domesticado, o al menos semidomesticado que proteja el cachorro humano que viene. El deseo descomunal por romper el hechizo de la piel de porcelana impoluta de la virgen es la garantía de todo, lo que requiere una sociedad del Señor. Que la sangre siga su flujo, desemboque en el cauce que persigue el rumbo de la vida, una sangre nombrada y legalizada en las notarías. El adolescente es el foco de esa empresa que requiere supernaturalizar el deseo para que se pase el puente a ojos cerrados, cuando está levantándose para cerrarse del todo. El deseo sexual rompe con todas las leyes de la relatividad, es absoluto, incoherente, bruto, obstinado, y tan atinado como el conejo que entra en la jaula a comerse la zanahoria que hará caer la puerta del encierro definitivo.

En todo caso era un problema ético. Qué porquería esa ética! Porqué alguien no nos pudo regalar el gusto craso y primitivo de descuartizar de una vez por todas al animal. Vino una segunda instancia, en la que el foco no era Dora sino algo que se llamaba la "guerrilla". En el mercedes de Rodrigo nos íbamos a los barrios de clase media baja a buscar a las mujeres de una clase social donde el protocolo del sexo era más desabrochado, por decirlo de alguna forma. Como dijo Carlos H. una vez - "eso allá, en esos barrios es como en Estados Unidos". Se tenía el mito de que las gringas sí lo daban fácil. Carlos H, sabía lo que hacía, él era un Don Juan del rodadero ondulante de la clases sociales. Mitos había por montones, como aquel en que habían recogido a una niña el Jeep de Richie cerca a Siloé y ya en la circunvalación se lo estaba mamando en el asiento de atrás, pero no era ninguna puta, era sólo una guerrillera, es decir una niña que por falta de educación sexual, por haberse caído por las grietas del frigidizante catecismo astete, podía ser libre, y salvaje con su sexualidad, tirar a su antojo, mostrar sus ganas. Claro esto redundaba en placer para ella, pero al tiempo en un estatus deleznable en la sociedad; esa guerrillera sería la segunda novia de un pelao de los del American de los que les gustaba guerrillear. Cuando describo estas cosas pienso en mis 29 años en Nueva York, adentro de los salas de tortura de la izquierda militante. Pienso en Andrea, y cómo estas cosas habría que decirlas con un tono acomodado a las doctrinas de un feminismo tornado en inquisición que se me metió debajo de la piel como agujas. Pero esta es la pequeña verdad que saqué de esos años. El problema es que mientras se libra la batalla por las mujeres y su emancipación se crean unos arrieros de ganado despiadados, como Andrea con su violencia contra los hombres latinoamericanos -la imagen del enemigo. Bueno, no con todos, con los que todavía no sabían recitar en cada frase las palabras que se habían reemplazado en su cabeza, a dos milímetros del córtex de la culpa cristiana, al cabo de un lavado cerebral con manguera a presión. Cuando esa batalla se libra con cegueras brutas como de paramilitar de mando medio , se crean unos climas de terror en el discurso que no hacen otra cosa que crear desastres de incomunicación y relaciones humanas que son un esperpento. Cuando cualquier causa noble se libra con militancias manieristas, lo que termina creándose es una comunidad de la mentira. Mírenme a mi por esos días, buscando no ser el pelao de Cali que soy en alguna parte en el fondo, rehusando mi historia, como buen partidario de la estética del postmarxismo, postcolonialismo, postfeminisimo de buenos modales, rehusando esos brochazos ramplones con los que me educó la calle de Cali, la calle, quiero decir, la calle sobre la que se rueda en jeep último modelo, la calle de tweeters y bazookas, no la calle sobre la que se camina. La calle de la fiesta que desemboca en otra fiesta, la calle de zapatos top sider, jean pepe y camisa I.D. o camiseta O.P.. La piscina afluente de otra piscina, las carnes que pasan de un asador al otro, el hedonismo de una clase con ejércitos de sirvientes que llegan en la ruta Blanco y Negro desde los confines de la ciudad todos los días a las 6, eso, todo eso que nunca se piensa y la otra fiesta más tarde que va a estar mejor que ésta. Nada peor que sentir uno que se pasó al lado del discurso de los buenos, que las nociones certeras de Nicolás a los 18 cuando dictaminaba como un contador para cuantas culeadas estaba bien tal vieja, según la calidad de su cuerpo y su cara, que esas cosas son una historia personal, aberrante, sucia y grosera pero una historia con la que se debe hacer las paces, no esconderla bajo el tapete y pretender que se fue siempre un ilustrado navegador de los códigos de las élites políticas de Nueva York. La censura del vocabulario y con ello la posibilidad de narrar el mundo que se vivió en la juventud es la localización precisa de un malestar temible. Decir, con las palabras malas, con las palabras que agreden, decir lo que ya la mente censura ipso facto con todas sus válvulas discursivas, decir, con las palabras que la edificaron en un principio, una realidad un tanto monstruosa, un tanto sosa, finalmente idéntica a tantas otras realidades, a todos los despertares a las vicisitudes del sexo, la clase social y la raza en las periferias semi rurales del mundo. Sólo que Cali es especial, lo sé, cada vez que hice el viaje allá con una novia de la capital, noté que al cabo del roce del duende de Cali, algo cambiaba en su expresión. Sin falta en algún momento venía la conclusión de que allá en ese valle hay algo, habita algún espíritu, algo que se contonea como la caderona de la cumbia entre el placer y la muerte, algo que azuza los goces, y dibuja una violencia, entre simbólica y real que deja a la gente con una mirada espeluznada. Todo erotizado, todo, y sobre todo la muerte misma. Cualquiera que se vuelve un adalid de moralidades inflexibles es porque tiene una hipocresía enclosetada y enquistada que un buen día se le explota en la cara. Mejor hacer el caminito que uno puede, irse haciendo consciente, ir reconectando una sensibilidad profunda hacia los otros seres que comparten este mundo con uno, por el lado legal, tipo Confucio, y no en la confusión de compasión y culpa de esos antros de la hipocresía moderna donde la mentira del lenguaje que se acomoda al canon "correcto" es la plataforma de una ética maltrecha y tullida, un engendro horripilante que deja las caras con una mueca de falsedad y amargura. Career people.

Cómo era eso de la guerrilla? Llegaban los príncipes en camisa polo original, con su tez blanca y se parqueaban en las esquinas de esos barrios que jamás habrían conocido de otra forma. Ese turismo sexual interclase llevaba a todos estos adolescentes hedonistas al otro Cali, el de las puertas abiertas por la tarde con copitas de aguardiente en el descanso de la grada; el de la gente de hablado lento, gente salserita, satisfecha, hinchas del América, rezadores incansables de la bacanería de su barrio y de los milagros del milagroso de Buga que se lleva sin falta en el escapulario; el bacán de la casa con un fierro encaletado por si algún malparido se pone alevoso y hay que partirlo, gente, repito, serena, de vocal generosa, sentada en la baldosa amarilla del portón, charlando con el vecino, parando el carrito de los cholados, montándosela al chicanero de la otra cuadra, dándole coscorrones al sobrino calavera porque estaba pagosa esa cocorota, humados de blanco del valle en las tardes frescas de la sultana; y el radio del Renault 18 enfrente despidiendo su sonido bestial, "Lluvia" de Eddy Santiago, los bajos haciendo vibrar la lata del vehículo como una guacharachera.

De esas casas, de sofás cubiertos en plástico, esperando el día, eternamente pospuesto de su uso definitivo, salían las niñas pintadas con esmero y exageración, con sus escotes bajos revelando unas tetas puntudas de pezón moreno, que se dejaban ver tras el poliéster blanco, tras el estampado del brasier; tetas naturales en la edad de su mejor resistencia a la fuerza gravitacional. Todavía la Sultana del Valle no había revelado su perfil de cyborg radical, su compaginación con la estética hipersexológica de Jessica Rabbit. A las hembras de esa época les tocaba bandearse con la mera teta de tejido adiposo, sin ese atrayente descomunal que se popularizaría en la década siguiente a tal punto que el Valle del Cauca se mereció el apodo de Silicon Valley.

Y se encontraban en la calle, bajo la mirada amenazadora de los pelaos de la cuadra que entendían bien que contra ese Land Cruiser no había nada que hacer, por engallado que estuviera el Monza del primo Albeiro. "A una gasolinera no hay que explicarle el valor de un carro", decía Nicolás, "una hembra de esas podría ganarse la vida haciendo avalúos, eso es un don natural, Mijo. Uno cuando está bien montado, asimismo monta a la hembra a la que le puso el ojo, sin problema, si me entendés? A lo bien. " Además la polo chiveada del pelao del barrio se revelaba pálida y mal cortada al lado de la "made in usa" de colorcito curuba del galán de Santa Teresita.

Entonces esa ética que me había impedido meterme a Faraones , esa misma ética o estética post rural de la nueva clase profesional caleña me hizo tomar distancia de mis amigos que "guerrilleaban". En esta segunda ola ya se perfilaba con más agudeza el joven con ideas políticas sobre la explotación de los otros, sobre la desigualdad social, todo eso, pero sobre todo una sensibilidad al engaño que se les hacía a esas infelices que veían llegar del oeste a sus príncipes azules en vehículos cromados de último modelo. La regla para un man bien adaptado era tener a la novia del barrio del oeste o de ciudad jardín de la pequeña sarta de colegios de la clase alta, y otra novia en el Nicolás de Federman, o uno de esos barrios. La una no lo daba porque tenía que mantener su imagen virginal con un único destino posible: matrimonio e hijos. La otra si lo daba, engañada hasta la médula, con los sueños de escalar las cumbres escarpadas de la sociedad caleña, cosas que su mamá le había metido en la cabeza de seguro, con las historias repetidas de una línea perdida, el parentesco con algún glorioso prohombre de la colonia y una serie de caídas de status y quiebras económicas que habían ido marchitándole uno a uno los abolengos a esa familia. Pero siempre quedaba el matrimonio de la hija, un planteamiento social irrefutable, un vuelo de águila donde todo lo perdido podría volver como por arte de magia. En realidad no se sabe cuál de las dos era la verdadera víctima del sistema porque si bien es cierto que a todas luces la novia escondida aparecería al final abandonada y desechada, la otra habría de sufrir, en muchos casos el embate más violento del catolicismo y su eje central que golpea en la cabeza como una cruceta de taxista - el control de la sexualidad femenina, la erosión calculada del deseo de la mujer en flor, que tiene que ser objeto y no sujeto del deseo para que la sociedad crezca y prospere. La cosa, como dicen los post darwinianos, es simple, una mujer con un deseo sano y vital que copule con muchos produce un solo bebé. Un hombre desaforado que se acuesta con una multitud de mujeres puede producir una multitud de hijos. La conclusión es simple, en el inconsciente colectivo, y en el católico por antonomasia está escrito que para que siga el mundo se requiere hipertrofiar el deseo del varón y hacerle cortes circuncídales al de la fémina. Conocí varios casos de cerca de mujeres con un placer sexual bien complicado, encalambrado, metido por allá al final de un laberinto oscuro y caótico. Por laica que fuera su educación, el catolicismo cultural había hecho de las suyas. En cambio las otras se habían librado del yugo por un precio social. Porque el tal vuelo de águila a la hacienda de la cumbre no llegaría y mientras soñaban su sueño de escaladoras sociales también perdían al pelao del monza con su Polo chiveada que las despreciaría como hacen los canarios con el recién nacido que ha sido tocado por el hombre. Pero ya venía un factor que habría de quebrar esa dinámica: otro pelao como el del Monza, de un barrio aledaño podía coronar en Miami, y así mismo hacerle un baile de coronación a Rosi, con ex integrantes del grupo Menudo, venidos en sumo secreto desde San Juan para una gran fiesta de cumpleaños en el Club La Rivera del Aguacatal, en compañía tal vez de otros gigantes locales como Guayacán orquesta. Siempre, sin embargo habría esa cosa dantesca, en la bacanal de Dom Pernigón, vestidos Chanel y Renault Twingo de sorpresa para cada invitado. Lo dantesco, quiero decir, en el sentido de las torturas psíquicas del deseo insatisfecho, en ciclos interminables ad infinitum. El reino de los cielos, imaginado desde el barrio de la infancia no era el Club La Rivera, con sus grandes salones de fiesta y sus pretensiones, con su clase media estampada en cada detalle, con sus esfuerzos malogrados de ser lo último en guarachas a finales de los sesenta. La Rivera no era el Club Colombia, por más engallado con cantantes de balada españoles de moda como Miguel Bosé, traídos para la fiesta de 15 junto al obispo de no se donde bendiciendo la pirámide absurda de copas por las que rodaba como cascada el champán; tras la lectura ya practicada mil veces de algún texto - por parte de un tío medio ilustre humado hasta los huesos, poema de un lirismo tan dulce y tan refinado como las figuras de azúcar pulverizado del pastel de 7 pisos, único producto de la tierra, entre todos los ingredientes de la fiesta. Porque en Cali siempre hubo tradición de repostería decorativa barroca.

Nada de esto dejaba a los mafiosos satisfechos; los clubes del arquetipo platónico eran el Club Colombia y el Club Campestre, al que sólo se accedía tras ser inspeccionado por delante y por detrás, había que ser de la aristocracia del Cali viejo, y entre más rodaba por ahí la plata de bonanzas marimberas y nuevas mafias de la cocaína más infranqueable se volvía el comité de admisión. Qué más le quedaba a esa gente de la clase alta, guardianes de todo lo deseable, sino atrincherarse en sus resguardos de nobleza criolla, y producir un deseo cada vez mayor hacia lo suyo, aunque detrás de los rejas no hubiera más que un vejestorio deteriorado de tapetes rojos y meseros de guante blanco atrapando el plástico de bolitas de mantequilla entre dos tenedores. Qué les quedaba sino el viejo poder simbólico de la clase, cuando en esa otra economía de la droga había gente que ya aparecía en Fortune and Forbes y ya empezaban a "poner" representantes y senadores a su antojo financiando cuanta campaña. Ya desde la llegada de los paisas en los años 60 se había ido formando la barrera infranqueable de clase donde se señalaba con sorna al nuevo rico y sus gustos con términos como aquel que señalaba el estilo "greco-quindiano" de la arquitectura del eje cafetero. Esa clase, de los cabales descendientes de la Buga colonial se resguardaban tras la columna vertebral de una estética delineada por coloquialismos como "Hablar de plata es conversación de negros". o en el desprecio ya más directamente racista y xenófobo: "Negro ni el teléfono." El mismo negro que macheteaba una vida entera en los cañaduzales y que era despedido a pocos días de su jubilación, costumbre inveterada de los terratenientes del Valle**. Por ahí a mis doce años, fue la primera vez que vi a un negro manejando un carro del que claramente no era el chofer, tal vez por los mismos días en que el mulato Chepe Santa Cruz estaba construyendo un réplica exacta del Club Colombia para vengarse de esa maldita junta de pro hombres descendientes directos de la madre patria que le habían cerrado el paso a Sandrita y demás hijas para que se codearan con las suyas y fueran sacándoles el tonito ese verde pastel de la pátina que sólo tienen las viejas familias, por difícil que se les haya vuelto pagar la cuota del club..

Pero no hay que equivocarse, en algún momento sí cambió la cosa, cuando Gilberto Rodriguez y su cartel se habían instalado como un sistema operativo que cazaba perfecto con el perímetro urbano, cuando cada conversación estaba interceptada desde la central de telefonía de Emcali, cuando cada taxi estaba en el payroll de la mafia y no había agente de la DEA que no estuviera custodiado por el cartel desde el momento en que aterriza su avión y desde que entraba a su cuarto en el Intercontinental, en ese tiempo todo pareció cambiar. Y cuando los hijos de Miguel y Gilberto le pagaban la noche entera de champaña Cristal y Jhonnie Walker Sello Azul a los hijos de la clase alta caleña en Boston parecía que el plan de social climbing y lavado de apellido estaba a punto de quedar cerrado como un buen contrato. Boston... porque por alguna razón allá estaban los hijos de las familias más pudientes, todos de estudiantes en Boston en una Universidad de quinta, cuyo nombre sonaba parecido a otra universidad, esa sí prestigiosa - NorthEastern University. El ajedrecista jugó a su hijo André en el sitio donde se crean los lazos más fuertes y duraderos, en el exilio y en los años mágicos de la carrera de pregrado. Porqué NorthEastern, debía haber algún contrato especial, un tejemaneje ahí que se pasaba como en cadena porque pasaban el examen los más vagos, lo más holgazanes y los menos aptos para pasar Toefl, GRE y demás. Eso sí, todos terminaban en los afterparty de la suite presidencial del hotel más caro de Boston, donde vivía todo el año André Rodríguez sin que le temblara el pulso a su papá cuando le llegaban las cuentas de todas esas bacanales.

Volviendo a la guerrilla, falta una puntada, si bien es cierto que la niña del Oeste y la del Este terminaban pagando de alguna forma, el pelao de las dos novias, el niño-hombre de la clase pudiente también terminaría pagando toda su vida, por quedar preso de una sexualidad de puta y guerrilla que no lo dejaría nunca, o casi nunca tener una vida matrimonial ni medio llevadera, por estar siempre pegado al instinto insaciable del cazador, por haber compartimentalizado a la mujer que se puede amar por acá y por allá a esa otra mujer con la que se llega a un éxtasis de antología tras "embocar" después de una faena de 8 horas entre aromas de Azzaro, cuello almidonado, rolex que da vueltas para acá y para allá en la muñeca, Mercho 500 (los juguetes de la casa paterna) en el que la niña se marea del lujo y puertas que se le abren con galantería, una tras otra, como si ella flotara por el aire, cuando ya ni siquiera puede caminar en línea recta, embriagada de los fuegos artificiales de ese amor de los boleros, del que se escribe con llanto, del que llega a unas intensidades incomparables, eros disparado al infinito, y caída estrepitosa... cuando pasa el ardor, cuando salta la tapa de los sueños.

Claro, la cosa es que el placer de la narración del acto y el acto mismo están unidos en una trenza indistinguible durante el tiempo de la conquista ya se están pescando las palabras con las que se les va a relatar la faena a los amigos. Me acuerdo de los Mosquera que tenían un don inigualable, un vocabulario ideal para relatar la noche que llevaba a lo que ellos habían nombrado "embocar"

Yo me dije siempre que esas habían sido mis razones, razones éticas y quién sabe si es cierto, quién sabe si no era miedo. El hecho es que me resistí a esa aventura, y las veces que fui con los amigos, las veces que me besé alguna noche con una de esas niñas en un mirador, con todos los demás ahí al lado en las mismas, ya sabía que yo no estaba hecho de lo mismo. Mis amigos capitalizaron el pudor que me daba esa situación, y me pusieron un grafiti cerca a la entrada al bar Martin's donde siempre íbamos, "Vanseanhofen y Rosi" Por todo eso, años más tarde terminé yéndome a un motel llamado Los Ejecutivos con una puta escogida casi al azar. Era tarde, estaba contaminado de toda esa mierda, y llevaba siglos queriendo romper el hechizo.

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