Yagé relato

Ya va una hora. Cierro los ojos y hay imágenes, muchas imágenes, son más de la cuenta. Eso es lo único que es ligeramente distinto. Pero no puede ser todo, tiene que haber más. Isaías pasa y me pregunta de forma retórica si siento la chuma, notando que ando muy sobrio y vigilante. Yo respondo con ambigüedad que algo siento, que las imágenes… El taita vuelve a ofrecer ese liquido horrible; yo me lo trago. Y ahí se cae el hechizo de una realidad fija; ya el mundo de tres dimensiones no es el fin de la historia; hay más en el universo, y estoy consciente de ello. Todo cambia tras un vómito que aflora intempestivo y violento. Acto seguido veo a Carlos Felipe Puerto como un león herido… El león es gráfico, nada tiene de realista. Si lo dibujara se parecería al arte ritual de las culturas antiguas. Después pasa al lado de mí un aire malo, y yo sé que si se quedara conmigo ese aire yo quedaría postrado. Mil demonios juntos acaban de pasar y los he logrado burlar, porque me moví rápido o porque alguien o algo simplemente me ayudó. Mil demonios con un conocimiento, nivel ADN de como hacerme daño, de cómo darme un escarnio. No sé cómo pasé al lado, pero pasé, y ahora me voy a sentar a una silla que está fuera de la Maloca. Miro las estrellas sabiendo que no hay distancia entre Babilonios, Griegos, Egipcios, hombres de las cavernas y yo. Estamos todos juntos ahí, en el instante en el que miramos el cielo estrellado. Hablo con mi abuela. Se que fue ella la que me trajo a este sitio, ella es la artífice de que yo esté ahí sentado en esa noche, la noche del 24 de Octubre de 2008. Pienso que nunca podría haberla visualizado en vida llevándome a tomar Yagé, pero más allá, when we have shed this mortal coil, la noche puede ser chamánica, amazónica o la noche puede ser la del Cantar de los cantares, todo es equivalente en el gran espíritu. Ciertas cosas salen de mi boca, le hablo a mi papá en Francés. Él está bien colocado detrás de mí, lo cual es un clarísimo signo de que algo anda bien, ya no está delante de mi deteniendo mi paso. De pronto exclamo: "Ustedes no se pueden acercar porque soy muy fuerte" refiriéndome a los espíritus de la oscuridad, los que me miran desde lo negro de la noche. Me siento efectivamente muy fuerte, entra en escena una cierta culpa por sentirme tan fuerte y acto sentido la domino a ella también. Sigo ahí, a veces con la boca abierta porque no puedo creer la belleza de todo, a veces susurro esa misma palabra: "belleza". Con sorpresa me oigo decir que no solo soy fuerte sino que también soy importante. En ese momento es cuando siento que en esa noche me estaban esperando, y que todos los que me esperaban están celebrando que yo esté ahí ahora. Holy, Holy, Holy - canto - Alabado, Alabado. Siervo, siervo, siervo - susurro… todo tipo de repertorios de tono bíblico que no sabía que tenía así tan a flor de piel. También digo una frase lentamente, como si la estuviera bajando de una red cósmica: El mundo real es el código cifrado de las intenciones divinas.

Siento un compromiso ad infinitum con las cosas que estoy entendiendo.

Le sigo los pasos a un perro que anda por ahí. Veo como cada cosa que él hace moviliza procesos que no tienen término… círculos concéntricos en el agua, cadenas de causa y efecto, trenes de secuencias que echan a andar por carrileras que no tienen estación final. Así hay ideas que me llegan y sé que cada una de ellas es una travesía en la que me estoy embarcando, para siempre. Todo es delicado y perfecto como una telaraña, todo está entretejido. Pronunció otra frase descargada del cielo: Cada movimiento que hago puede ser perfecto. Esto lo sé por haber observado al perro. Muevo mis dedos como si hubieran hilos invisibles que conectaran las yemas a las estrellas. Creo firmemente que de aquí en adelante mi sistema operativo va a ser otro, hay un reboot total, quiero vivir en esa coherencia, en ese panal de abejas invisible donde cada movimiento conduce al que lo sigue. Le tomo fotos en secuencia al fuego con mi cámara pequeña. Más tarde noto, en una de las fotos, la cara de un espíritu. Se la muestro a los demás, y se animan a sonreír hasta los que andaban rondando por el séptimo infierno, echados en sus sleeping bags junto al fuego. Bailo como si no tocara el piso, otros que me ven no me reconocen, dicen que vieron a un indio con parafernalia de ceremonia. Bailo al son de la dulzaina de Isaías y de su canto gutural. Me conmueve la música de las guitarras como nunca antes, ciertas canciones quedan impresas en lo más hondo de mi alma. Cojo mi cámara de video y veo cómo coexiste la cara de un hombre con la cara del demonio que le está hablando. Yo puedo ver ambas caras, la del mundo de tres dimensiones, que me muestra al que reconozco como Andrés Felipe Velásquez al tiempo que veo otra dimensión que se imprime en las formas de su cara. Puedo cambiar de canal, dentro de la misma imagen. Ahí confirmo para siempre que la creencia de que solo estoy experimentando alucinaciones subjetivas, proyecciones de mi mente, es falsa, es para los simples de espíritu, los que se aferran al realismo como a un mástil cuando están cantando las sirenas de ultramar. Hay un espectro hiperdimensional, las plantas de poder y las técnicas de meditación pueden producir desarreglos de la percepción, pero esos desarreglos son en sí mismos portales dimensionales. Para ser del todo franco, el desarreglo verdadero es el de creer que las cosas son cosas y ya, y que la vida es una duración limitada en un tiempo lineal. Alguien me susurra al oído: "el hombre es un ser simbólico" yo asiento, luego esa voz me habla del camino del diamante, y yo respondo, sin dudar, que ese camino lo seguiré. Se, también con certeza, que debo hablar con alguien que conocí a duras penas en un café en Berlín. Que debo hacer eso apenas vuelva.

Por la mañana mi cara es otra, le digo al Taita que aprendí más en esa noche que en todo el resto de mi vida anterior.

Año 2012, acabo una película que viene de esa charla en Berlín, la que tuve una semana después y que me llevó cuatro veces a Egipto, cuatro veces a Polonia, y tres veces al Perú, y que me dejó finalmente en las puertas de un México lleno de misterios. Y todavía pienso lo mismo que le dije al Taita esa mañana.

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